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Posdata te amo (El Libro) .pdf



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POSDATA:
TE AMO
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Escaneado por Ilyoros
Corregido por Erickamont

CAPÍTULO 1
Holly hundió la nariz en el suéter azul de algodón y un olor familiar
la golpeó de inmediato: un abrumador desconsuelo le cerró el estómago
y le partió el corazón. Le subió un hormigueo por el cogote y un nudo
en la garganta amenazó con asfixiarla. Le entró el pánico. Aparte del leve murmullo del frigorífico y de los ocasionales gemidos de las tuberías,
en la casa reinaba el silencio. Estaba sola. Tuvo una arcada de bilis y corrió al cuarto de baño, donde cayó de rodillas ante el retrete.
Gerry se había ido y jamás regresaría. Ésa era la realidad. Nunca
volvería a acariciar la suavidad de su pelo, a intercambiar en secreto una
broma con él durante una cena con amigos, a lloriquearle al llegar a casa tras una dura jornada en el trabajo porque necesitaba algo tan simple
como un abrazo; nunca volvería a compartir la cama con él, ni la despertarían cada mañana sus ataques de estornudos, ni reiría con él hasta
dolerle la barriga, nunca volverían a discutir sobre a quién le tocaba levantarse para apagar la luz del dormitorio. Lo único que le quedaba eran
un puñado de recuerdos y una imagen de su rostro, que día tras día iba
haciéndose más vaga.
Su plan había sido muy sencillo: pasar juntos el resto de sus vidas.
Un plan que todo su círculo consideró de lo más factible. Nadie dudaba
de que fueran grandes amigos, amantes y almas gemelas destinadas a
estar juntas. Pero dio la casualidad de que un día el destino cambió de
parecer.
El final había llegado demasiado pronto. Después de quejarse de
una migraña durante varios días, Gerry se avino a seguir el consejo de
Holly y fue a ver a su médico. Lo hizo un miércoles, aprovechando la
hora del almuerzo. El médico pensó que el dolor de cabeza se debía al
estrés o al cansancio y aventuró que en el peor de los casos quizá necesitase usar gafas. A Gerry no le gustó nada aquello.
Le molestaba la idea de tener que usar gafas. No debería haberse
preocupado, pues resultó que su problema no residía en los ojos, sino
en el tumor que estaba creciendo en su cerebro.

Holly tiró de la cadena del retrete y, temblando por lo frías que estaban las baldosas del suelo, se puso de pie. Gerry sólo tenía treinta
años. Ni mucho menos había sido el hombre más sano de la Tierra, pero
había gozado de suficiente salud para... bueno, para llevar una vida
normal. Cuando ya estaba muy enfermo, bromeaba a propósito de haber
vivido con demasiada prudencia. Debería haber tomado drogas, haber
bebido y viajado más, tendría que haber saltado de aviones y depilarse
las piernas en plena caída.
La lista seguía. Aunque él se riera de todo eso, Holly veía pesar y
arrepentimiento en sus ojos. Arrepentimiento por las cosas para las que
nunca había sabido tener tiempo, los lugares que nunca había visitado, y
pesar por la pérdida de experiencias futuras. ¿Acaso lamentaba la vida
que había llevado con ella? Holly jamás dudó de que la amara, pero temía que tuviera la impresión de haber desperdiciado un tiempo precioso.
Hacerse mayor se convirtió en algo que Gerry deseaba desesperadamente lograr, dejando así de ser un hecho inevitable y temido. ¡Qué
presuntuosos habían sido ambos al no considerar nunca que hacerse
mayor constituyese un logro y un desafío! Los dos habían querido evitar
envejecer a toda costa.
Holly vagaba de una habitación a otra mientras sorbía lagrimones
salados. Tenía los ojos enrojecidos e irritados y la noche parecía no tener fin. Ningún lugar en la casa le proporcionaba el menor consuelo. Los
muebles que contemplaba sólo le devolvían inhóspitos silencios. Anheló
que el sofá tendiera los brazos hacia ella, pero tampoco éste se dio por
aludido.
A Gerry no le hubiese gustado nada esto, pensó. Exhaló un hondo
suspiro, se enjugó las lágrimas y procuró recobrar un poco de sentido
común. No, a Gerry no le hubiese gustado en absoluto.
Igual que cada noche durante las últimas semanas, Holly se sumió
en un profundo sueño poco antes del alba. Cada día despertaba incómodamente repantingada en un lugar distinto; hoy le tocó el turno al
sofá. Una vez más, fue la llamada telefónica de un familiar o un amigo
preocupado la que la despertó. Probablemente pensaran que no hacía

más que dormir. ¿Por qué no la llamaban mientras vagaba con desgana
por la casa como un zombi, registrando las habitaciones en busca de...
de qué? ¿Qué esperaba encontrar?
-¿Diga? -contestó adormilada. Tenía la voz ronca de tanto llorar,
pero ya hacía bastante tiempo que no se molestaba en disimular. Su
mejor amigo se había ido para siempre y nadie parecía comprender que
ninguna cantidad de maquillaje, de aire fresco o de compras iba a llenar el vacío de su corazón.
-Oh, perdona, cariño, ¿te he despertado? -preguntó la voz inquieta de su madre a través de la línea.
Siempre la misma conversación. Cada mañana su madre llamaba
para ver si había sobrevivido a la noche en soledad. Siempre temerosa
de despertarla no obstante, aliviada al oírla respirar; a salvo al constatar que su hija se había enfrentado a los fantasmas nocturnos.
-No, sólo estaba echando una cabezada, no te preocupes. Siempre la misma respuesta.
-Tu padre y Decían han salido y estaba pensando en ti, cielo.
¿Por qué aquella voz tranquilizadora y comprensiva conseguía
siempre que se le saltaran las lágrimas? Imaginaba el rostro preocupado de su madre, el ceño fruncido, la frente arrugada por la inquietud.
Pero eso no sosegaba a Holly. En realidad hacía que recordara por qué
estaban preocupados y que no deberían estarlo. Todo tendría que ser
normal. Gerry debería estar allí junto a ella, poniendo los ojos en blanco e intentando hacerla reír mientras su madre le daba a la sinhueso.
Un sinfín de veces Holly había tenido que pasarle el teléfono a Gerry,
incapaz de contener el ataque de risa. Entonces él seguía la charla, ignorando a Holly mientras ésta daba brincos alrededor de la cama, haciendo muecas y bailes estrafalarios para captar su atención, cosa que
rara vez conseguía.
Siguió toda la conversación contestando casi con monosílabos,
oyendo sin escuchar una sola palabra.

-Hace un día precioso, Holly. Te sentaría la mar de bien salir a dar un
paseo. Respirar un poco de aire fresco.
-Sí... Supongo que sí. -Otra vez el aire fresco, la presunta solución a sus problemas.
-Igual paso por ahí más tarde y charlamos un rato.
-No, gracias, mamá. Estoy bien.
Silencio.
-Bueno, pues nada... Llámame si cambias de idea. Estoy libre todo
el día.
-De acuerdo. Otro silencio. -Gracias de todos modos -agregó
Holly.
-De nada. En fin... Cuídate, cariño.
-Lo haré.
Holly estaba a punto de colgar el auricular pero volvió a oír la voz
de su madre.
-Ah, Holly, por poco me olvido. Ese sobre sigue aquí, ya sabes,
ese que te comenté. Está en la mesa de la cocina. Lo digo por si quieres
recogerlo. Lleva aquí semanas y puede que sea importante.
-Lo dudo mucho. Lo más probable es que sea otra tarjeta de
pésame.
-No, me parece que no lo es, cariño. La carta va dirigida a ti y encima de tu nombre pone... Espera, no cuelgues, que voy a buscarla...
Holly oyó el golpe seco del auricular, el ruido de los tacones sobre
las baldosas alejándose hacia la mesa, el chirrido de una silla arrastrada por el suelo, pasos cada vez más fuertes y por fin la voz de su madre al coger de nuevo el teléfono.
-¿Sigues ahí?
-Sí.
-Muy bien, en la parte superior pone «la lista». No sé muy bien
qué significa, cariño. Valdría la pena que le echaras...

Holly dejó caer el teléfono.

CAPÍTULO 2
-¡Gerry, apaga la luz!
Holly reía tontamente mientras miraba a su marido desnudarse delante de ella. Éste bailaba por la habitación haciendo un striptease, desabrochándose lentamente la camisa blanca de algodón con sus dedos de
pianista. Arqueó la ceja izquierda hacia Holly y dejó que la camisa le
resbalara por los hombros, la cogió al vuelo con la mano derecha y la
hizo girar por encima de la cabeza. Holly rió otra vez.
-¿Que apague la luz? ¡Qué dices! ¿Y perderte todo esto?
Gerry sonrió con picardía mientras flexionaba los músculos. No era
un hombre vanidoso aunque tenía mucho de lo que presumir, pensó
Holly. Tenía el cuerpo fuerte y estaba en plena forma, las piernas largas
y musculosas gracias a las horas que pasaba haciendo ejercicio en el
gimnasio. Su metro ochenta y cinco de estatura bastaba para que Holly
se sintiera segura cuando él adoptaba una actitud protectora junto a su
cuerpo de metro setenta y siete. No obstante, lo que más le gustaba era
que al abrazarlo podía apoyar la cabeza justo debajo del mentón, de
modo que notase el leve soplido de su aliento en el pelo haciéndole
cosquillas.
El corazón le dio un brinco cuando se bajó los calzoncillos, los
atrapó con la punta del pie y los lanzó hacia ella, aterrizando en su cabeza.
-Bueno, al menos aquí debajo está más oscuro. -Holly se echó a
reír.
Siempre se las arreglaba para hacerla reír. Cuando llegaba a casa,
cansada y enojada después del trabajo, él se mostraba comprensivo y
escuchaba sus lamentos. Rara vez discutían, y cuando lo hacían era por
estupideces que luego les hacían reír, como quién había dejado encendida la luz del porche todo el día o quién se había olvidado de conectar
la alarma por la noche.

Gerry terminó su striptease y se zambulló en la cama. Se acurrucó
a su lado, metiendo los pies congelados debajo de sus piernas para entrar en calor. -¡Aaay! ¡Gerry, tienes los pies como cubitos de hielo! Holly sabía que aquella postura significaba que no tenía intención de
moverse un centímetro-. Gerry...
-Holly.. -la imitó él.
-¿No te estás olvidando de algo?
-Creo que no -contestó Gerry con picardía.
-La luz.
-Ah, sí, la luz -dijo con voz soñolienta, y soltó un falso ronquido.
-¡Gerry!
-Anoche tuve que levantarme a apagarla, si no recuerdo mal arguyó Gerry.
-Sí, ¡pero estabas de pie justo al lado del interruptor hace un segundo!
-Sí... hace un segundo -repitió él con voz soñolienta.
Holly suspiró. Detestaba tener que levantarse cuando ya estaba
cómoda y calentita en la cama, pisar el suelo frío de madera y luego regresar a tientas y a ciegas por la habitación a oscuras. Chasqueó la
lengua en señal de desaprobación.
-No puedo hacerlo siempre yo, ¿sabes, Hol? Quizás algún día yo
no esté aquí y... ¿qué harás entonces?
-Pediré a mi nuevo marido que lo haga -contestó enfurruñada,
tratando de apartar a patadas sus pies fríos.
-¡ J a
-O me acordaré de hacerlo yo misma antes de acostarme -añadió
Holly.
Gerry soltó un bufido.
-Dudo mucho que así sea, amor mío. Tendré que dejarte un mensaje al lado del interruptor antes de irme para que no se te olvide.
-Muy amable de tu parte, aunque preferiría que te limitaras a dejarme tu dinero -replicó Holly.

-Y una nota en la caldera de la calefacción -prosiguió Gerry. -Ja,
ja.
-Y en el cartón de la leche.
-Eres muy gracioso, Gerry.
-Ah, y también en las ventanas, para que no las abras y se dispare
la alarma por las mañanas.
-Oye, si crees que sin ti seré tan incompetente, ¿por qué no me
dejas en tu testamento una lista de las cosas que tengo que hacer?
-No es mala idea -dijo Gerry, y se echó a reír.
-Muy bien, entonces ya apago yo la maldita luz.
Holly se levantó de la cama a regañadientes, hizo una mueca al
pisar el gélido suelo y apagó la luz. Tendió los brazos en la oscuridad y
avanzó lentamente de regreso a la cama.
-¿Hola? Holly, ¿te has perdido? ¿Hay alguien ahí? ¿O ahí? ¿O ahí? vociferó Gerry a la habitación a oscuras.
-Sí, estoy... ¡Ay! -gritó Holly al golpearse un dedo del pie contra la
pata de la cama-. ¡Mierda, mierda, mierda! ¡Que te jodan, gilipollas!
Gerry soltó una risa burlona debajo del edredón.
-Número dos de mi lista: cuidado con la pata de la cama...
-Oh, cállate, Gerry, y deja de ponerte morboso -le espetó Holly,
tocándose el pie con la mano.
-¿Quieres que te lo cure con un beso? -preguntó Gerry.
-No, ya está bien -respondió Holly con impostada tristeza-. Bastará con que los meta aquí para calentarlos...
-¡Aaah! ¡Jesús, están helados! Holly rió de nuevo.
Así fue como surgió la broma de la lista. Era una idea simple y
tonta que no tardaron en compartir con sus amigos más íntimos, Sharon y John McCarthy. Era John quien había abordado a Holly en el pasillo del colegio cuando sólo tenían catorce años para farfullar la frase
famosa: «Mi colega quiere saber si saldrías con él.» Tras días de incesante debate y reuniones de urgencia con sus amigas, Holly finalmente
accedió. «Oh, venga, Holly-la había apremiado Sharon-, está como un
tren, y al menos no tiene la cara llena de granos como John.»

Cuánto envidiaba Holly a Sharon ahora mismo. Sharon y John se
casaron el mismo año que ella y Gerry. Con veintitrés años, Holly era la
benjamina del grupo; el resto tenía veinticuatro. Alguien dijo que era
demasiado joven y la sermoneó insistiendo en que, a su edad, debería
ver mundo y disfrutar de la vida. En vez de eso, Gerry y Holly recorrieron juntos el mundo. Tenía mucho más sentido hacerlo así, ya que
cuando no estaban... juntos, Holly sentía como si a su cuerpo le faltara
un órgano vital.
El día de la boda distó mucho de ser el mejor de su vida. Como casi
todas las niñas, había soñado con una boda de cuento de hadas, con un
vestido de princesa y un hermoso día soleado en un lugar romántico,
rodeada de sus seres queridos. Imaginaba que la recepción sería la mejor noche de su vida y se veía bailando con todos sus amigos, siendo la
admiración de la concurrencia y sintiéndose alguien especial. La realidad
fue bastante distinta.
Despertó en el hogar familiar a los gritos de «¡No encuentro la corbata!» (su padre) y «¡Tengo el pelo hecho un asco!» (su madre). Y el mejor de todos: «¡Parezco una vaca lechera!' ¡Cómo voy a asistir a esta puñetera boda con este aspecto! ¡Me moriría de vergüenza! ¡Mamá, mira
cómo estoy! Holly ya puede ir buscándose otra dama de honor porque,
lo que es yo, no pienso moverme de casa. ¡Jack, devuélveme el puto secador, que aún no he terminado!» (Esta inolvidable declaración salió de
la boca de su hermana menor, Ciara, a quien cada dos por tres le daba
un berrinche y se negaba a salir de la casa, alegando que no tenía nada
que ponerse, pese a que su armario ropero estaba siempre atestado. En
la actualidad vivía en algún lugar de Australia con unos desconocidos y
la única comunicación que la familia mantenía con ella se reducía a un
e-mail cada tantas semanas.) La familia de Holly pasó el resto de la mañana intentando convencer a Ciara de que era la mujer más guapa del
mundo. Mientras tanto, Holly fue vistiéndose en silencio, sintiéndose
peor que mal. Finalmente, Clara aceptó salir de la casa cuando el padre
de Holly, un hombre de talante tranquilo, gritó a pleno pulmón para
gran asombro de todos:

-¡Ciara, hoy es el puñetero día de Holly, no el tuyo! ¡Y vas a ir a la
boda y vas a pasarlo bien, y cuando Holly baje por esa escalera le dirás
lo guapa que está, y no quiero oírte rechistar más en todo el día!
De modo que cuando Holly bajó todos exclamaron embelesados,
mientras Ciara, que parecía una cría de diez años que acabara de recibir
una azotaina, la miró con ojos empañados y labios temblorosos y dijo:
-Estás preciosa, Holly.
Los siete se hacinaron en la limusina: Holly, sus padres, sus tres
hermanos y Ciara, todos guardando un aterrado silencio durante el trayecto hasta la iglesia. Aquella jornada era ya un vago recuerdo. Apenas
había tenido tiempo de hablar con Gerry, pues ambos eran reclamados
sin tregua en direcciones distintas para saludar a la tía abuela Betty,
surgida de no se sabía dónde, y a la que no había vuelto a ver desde su
bautizo, y al tío abuelo Toby de América, a quien nadie había mencionado hasta la fecha, pero que de repente se había convertido en un miembro muy importante de la familia.
Desde luego, nadie la había prevenido de lo agotador que sería. Al
final de la noche le dolían las mejillas de tanto sonreír para las fotografías y tenía los pies destrozados después de andar todo el día de aquí
para allá calzada con unos ridículos zapatitos que no estaban hechos
para caminar. Se moría de ganas de sentarse a la mesa grande que habían dispuesto para sus amigos, quienes habían estado partiéndose el
pecho de risa durante toda la velada, pasándolo en grande. En fin, al
menos alguien había disfrutado del acontecimiento, pensó entonces.
Ahora bien, en cuanto puso un pie en la suite nupcial con Gerry, las preocupaciones del día se desvanecieron y todo quedó claro.
Las lágrimas corrían de nuevo por el rostro de Holly, que de pronto
cayó en la cuenta de que había vuelto a soñar despierta. Seguía sentada
inmóvil en el sofá con el auricular del teléfono aún en la mano. Últimamente perdía a menudo la noción del tiempo y no sabía qué hora ni qué
día era. Parecía como si viviera fuera de su cuerpo, ajena a todo salvo al
dolor de su corazón, de los huesos, de la cabeza. Estaba tan cansada...

Las tripas le temblaron y se dio cuenta de que no recordaba cuándo
había comido por última vez. ¿Había sido ayer?
Fue hasta la cocina arrastrando los pies, envuelta en el batín de
Gerry y calzada con las zapatillas «Disco Diva» de color rosa, sus favoritas, las que Gerry le había regalado la Navidad anterior. Ella era su Disco
Diva, solía decirle. Siempre la primera en lanzarse a la pista, siempre la
última en salir del club. ¿Dónde estaba esa chica ahora? Abrió la nevera y
contempló los estantes vacíos. Sólo verduras y un yogur que llevaba siglos caducado y apestaba. No había nada que comer. Agitó el cartón de
leche con un amago de sonrisa. Vacío. Lo tercero en la lista...
En la Navidad de hacía dos años Holly había salido con Sharon a
comprar un vestido para el baile anual al que solían asistir en el Hotel
Burlington. Ir de compras con Sharon siempre entrañaba peligro, y John
y Gerry habían bromeado sobre cómo tendrían que volver a sufrir una
Navidad sin regalos por culpa de las alocadas compras de las chicas. Y
no se equivocaron de mucho. Pobres maridos desatendidos, los llamaban siempre ellas.
Aquella Navidad Holly gastó una cantidad vergonzosa de dinero en
Brown Thomas para adquirir el vestido blanco más bonito que había visto en la vida.
-Mierda, Sharon, esto dejará un agujero tremendo en mi bolsillo -dijo Holly con aire de culpabilidad, mordiéndose el labio y acariciando la
suave tela con la yema de los dedos.
-Bah, no te preocupes, deja que Gerry lo zurza -repuso Sharon, y
soltó una de sus típicas risas socarronas-. Y deja de llamarme «mierda,
Sharon», por favor. Cada vez que salimos de compras te diriges a mí así.
Sé más cuidadosa o empezaré a ofenderme. Compra el puñetero vestido, Holly. Al fin y al cabo, estamos en Navidad, es la época de los regalos y la generosidad.
-Por Dios, mira que eres mala, Sharon. No volveré a ir de compras
contigo. Esto equivale a la mitad de mi paga mensual. ¿Qué voy a hacer
el resto del mes?
-Vamos a ver, Holly. ¿Qué prefieres?, ¿comer o estar fabulosa?
¿Acaso era preciso pensarlo dos veces?

-Me lo quedo -dijo Holly con entusiasmo a la dependienta.
El vestido era muy escotado, por lo que mostraba perfectamente el
pecho menudo pero bien formado de Holly, y tenía un corte hasta el
muslo que exhibía sus piernas esbeltas. Gerry no había podido quitarle
el ojo de encima. Aunque no fue por lo guapa que estaba, sino porque
no acertaba a comprender cómo diablos era posible que aquel pedazo
de tela minúsculo pudiera ser tan caro. Una vez en el baile, la señorita
Disco Diva se excedió en el consumo de bebidas alcohólicas y consiguió
destrozar su vestido, derramando una copa de vino tinto en la parte delantera. Holly intentó sin éxito contener el llanto mientras los hombres
de la mesa informaban a sus parejas, arrastrando las palabras, de que el
número cincuenta y cuatro de la lista prohibía beber vino tinto si llevaban un vestido caro de color blanco. Entonces decidieron que la leche
era la bebida preferida, puesto que no resultaría visible si se derramaba
sobre un vestido caro de color blanco.
Poco después, cuando Gerry volcó su jarra de cerveza, haciendo
que chorreara por el borde de la mesa hasta el regazo de Holly, ésta
anunció llorosa pero muy seria a la mesa (y a algunas de las mesas vecinas):
-Regla cincuenta y cinco de la lista: nunca jamás compres un vestido caro de color blanco.
Y así se acordó, y Sharon despertó de su coma en algún lugar de
debajo de la mesa para aplaudir la moción y ofrecer apoyo moral. Hicieron un brindis (después de que el desconcertado camarero les hubiese
servido una bandeja llena de vasos de leche) por Holly y su sabia aportación a la lista.
-Siento lo de tu vestido caro de color blanco, Holly-había dicho
John, hipando antes de caer del taxi y llevarse a Sharon a rastras hacia
su casa.
¿Era posible que Gerry hubiese cumplido su palabra, escribiendo
una lista para ella antes de morir? Holly había pasado a su lado cada minuto de cada día hasta que falleció, y ni él la mencionó nunca ni ella
había visto indicios de que la hubiese escrito. «No, Holly, cálmate y no

seas estúpida.» Deseaba tan ardientemente que volviera que estaba
imaginando toda clase de locuras. Gerry no habría hecho algo semejante. ¿O sí?

CAPÍTULO 3
Holly caminaba por un prado cuajado de lirios tigrados. Soplaba una
amable brisa que hacía que los pétalos sedosos le hicieran cosquillas en
la punta de los dedos mientras avanzaba entre los altos tallos de intenso
y brillante verde. Notaba el terreno blando y mullido bajo sus pies descalzos y sentía el cuerpo tan liviano que casi le parecía estar flotando
justo por encima de la superficie de tierra esponjosa. Alrededor los
pájaros entonaban melodías alegres mientras atendían sus quehaceres.
El sol brillaba con tal intensidad en el cielo despejado que tenía que
protegerse los ojos, y con cada ráfaga de viento que le acariciaba el rostro el dulce aroma de los lirios le llenaba la nariz. Era tan... feliz, tan libre. Una sensación que le resultaba del todo ajena últimamente.
De pronto el cielo oscureció cuando el sol caribeño se escondió
tras una enorme nube gris. La brisa arreció y enfrió el aire. Los pétalos
de los lirios tigrados corrían alocadamente llevados por el viento, dificultando la visibilidad. El suelo mullido se convirtió en un lecho de afilados guijarros que le arañaban los pies a cada paso. Los pájaros habían
dejado de cantar y estaban posados en las ramas mirándolo todo. Algo
iba mal y tuvo miedo. Delante de ella, a cierta distancia, una piedra gris
se erguía visible en medio de la hierba alta. Quería correr de regreso al
hermoso lecho de flores, pero necesitaba averiguar qué había allí delante.
Cuando estuvo más cerca oyó unos golpes: ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!
Apretó el paso y acabó corriendo sobre los guijarros, entre la hierba de
afilados tallos que le arañaban brazos y piernas. Cayó de rodillas delante
de la losa gris y soltó un alarido de dolor al descubrir lo que era: la tumba de Gerry. ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! ¡Estaba intentando salir! ¡Estaba llamándola, oía su voz!
Holly despertó del sueño y oyó que alguien aporreaba su puerta. ¡Holly! ¡Holly! ¡Sé que estás ahí! ¡Déjame entrar, por favor!
Confusa y medio dormida, fue a abrir la puerta y encontró a Sharon
en un estado frenético.

-¡Por Dios! ¿Qué estabas haciendo? ¡Llevo siglos llamando a la
puerta! Holly echó un vistazo al exterior, aún adormilada. Brillaba el sol
y hacía un poco de frío, debía de ser por la mañana, muy pronto.
-Bueno, ¿no vas a dejarme entrar?
-Sí, claro, Sharon. Perdona. Me había quedado dormida en el sofá.
-¡Jesús! Tienes un aspecto horrible, Hol.
Sharon escrutó su semblante antes de darle un fuerte abrazo.
-Vaya, gracias -dijo Holly, que puso los ojos en blanco y se volvió
para cerrar la puerta.
Sharon no era de las que se andaban con rodeos, pero por eso la
quería tanto, por su sinceridad. Aunque ése era también el motivo por el
que no había ido a verla desde hacía más de un mes. No quería oír la
verdad. No quería que le dijeran que tenía que seguir adelante con su
vida; sólo quería... En realidad no sabía lo que quería. Era feliz sintiéndose desdichada. Le parecía lo más apropiado. -Dios, aquí falta el aire.
¿Cuánto hace que no abres una ventana? Sharon recorrió resueltamente
la casa, abriendo ventanas y recogiendo tazas y platos vacíos. Los llevó a
la cocina, los metió en el fregadero y se dispuso a lavarlos.
-Oh, no tienes por qué hacerlo, Sharon -protestó Holly débilmenteYa lo haré yo...
-¿Cuándo? ¿El año que viene? No quiero que vivas miserablemente
mientras el resto de nosotros finge no darse cuenta. ¿Por qué no vas
arriba y te das una buena ducha? Cuando bajes, tomaremos una taza de
té.
Una ducha. ¿Cuándo se había siquiera lavado la cara por última
vez? Sharon tenía razón, debía de presentar un aspecto lamentable con
el pelo grasiento, las raíces oscuras y el batín sucio. El batín de Gerry.
Aunque eso era algo que no tenía la menor intención de lavar. Quería
conservarlo exactamente tal como él lo había dejado. Por desgracia, su
olor estaba empezando a disiparse, dando paso al inconfundible hedor
de su propia piel.

-De acuerdo, pero no hay leche -le advirtió Holly-. No he ido a...
De pronto se sintió avergonzada ante lo mucho que había descuidado la
casa y a sí misma.
De ningún modo iba a permitir que su amiga mirara dentro de
la nevera o, de lo contrario, ésta la pondría en un serio aprieto.
-¡Tachín'. -entonó Sharon, alzando una bolsa que Holly no
había visto al recibirla-. No te preocupes, ya me he encargado de
eso. Al parecer, llevas semanas sin comer.
-Gracias. Sharon. -Se le hizo un nudo en la garganta y las
lágrimas le asomaron a los ojos. Su amiga se estaba portando demasiado bien con ella. -¡No lo hagas! ¡Hoy nada de lágrimas! Sólo
buen rollo, risas y felicidad, querida amiga. Y ahora, a la ducha.
¡Deprisa!
Holly se sentía casi un ser humano cuando volvió a bajar. Se
había puesto un chándal azul y llevaba su larga melena rubia
(marrón en las raíces) suelta sobre los hombros. Todas las ventanas
de abajo estaban abiertas de par en par y la brisa fresca le despejó
la mente. Fue como desprenderse de sus malos pensamientos y temores. Rió al contemplar la posibilidad de que, a fin de cuentas, su
madre tuviera razón. Cuando por fin salió del trance, Holly se quedó
atónita al ver cómo estaba la casa. No podía haber pasado más de
media hora, pero Sharon había ordenado y limpiado, había pasado la
aspiradora y ahuecado los cojines, los suelos estaban fregados y todas las habitaciones olían a ambientador. Oyó ruidos en la cocina,
donde encontró a Sharon sacando brillo a los quemadores. Los mostradores estaban relucientes, los grifos plateados y el escurridero
del fregadero resplandecían.
-¡Sharon, eres un ángel! ¡Es increíble que hayas hecho todo esto! ¡Y en tan poco rato'.
-Pero si has estado arriba más de una hora. Estaba empezando
a pensar que te habías colado por el desagüe. Lo cual no sería de
extrañar, teniendo en cuenta lo flaca que estás. -Miró a Holly de
arriba abajo.

¿Una hora? Una vez más las ensoñaciones de Holly se habían
apoderado de su mente.
-En fin, he comprado un poco de fruta y verdura, hay queso y
yogures y también leche, por descontado. No sé dónde guardas la
pasta y la comida envasada, de modo que las he dejado ahí encima.
Ah, y he metido unos cuantos platos precocinados en el congelador.
No tienes más que calentarlos en el microondas. Con todo esto puedes apañártelas una temporadita, aunque a juzgar por tu aspecto te
durará al menos un año. ¿Cuánto peso has perdido?
Holly se miró el cuerpo. El chándal le hacía bolsas en el trasero y,
aunque se había anudado el cordón de la cintura al máximo, le caía
hasta las caderas.
Hasta entonces no se había dado cuenta de lo mucho que había
adelgazado. La voz de Sharon la hizo regresar de nuevo a la realidad.
-Hay unas cuantas galletas que puedes tomar con el té. Jammy
Dodgers, tus favoritas.
Aquello fue demasiado para Holly. Las Jammy Dodgers fueron la
gota que colmó el vaso. Notó que los ojos se le llenaban de lágrimas.
-Oh, Sharon -susurró-, muchas gracias. Has sido muy buena conmigo mientras que yo me he portado como la peor de las amigas. -Se
sentó a la mesa y cogió la mano de Sharon-. No sé qué haría sin ti.
Sharon se sentó frente a ella en silencio, dejándola continuar. Eso
era lo que más había horrorizado a Holly, venirse abajo delante de la
gente en cualquier momento. Pero no se sentía avergonzada. Sharon se
limitaba a beber sorbos de té v sostenerle la mano como si fuese lo más
normal. Finalmente las lágrimas dejaron de brotar.
-Gracias.
-Soy tu mejor amiga, Hol. Si no te ayudo yo, ¿quién va a hacerlo? dijo Sharon, estrechándole la mano y esbozando una sonrisa alentadora.
-Supongo que debería valerme por mí misma -aventuró Holly.

-¡Bah! -espetó Sharon, restándole importancia con un ademán-. Lo
harás cuando estés preparada. No hagas caso a la gente que te diga que
deberías volver a la normalidad en un par de meses. Además, llorar la
pérdida que has sufrido forma parte del proceso de recuperación.
Siempre decía lo más apropiado en cada momento.
-Sí, bueno, pero, sea como fuere, llevo mucho tiempo haciéndolo.
Ya he llorado todo lo que tenía que llorar ---dijo Holly.
-¡Eso es imposible! -replicó Sharon, con una mueca de disgusto-.
Sólo hace dos meses que enterraste a tu marido.
-¡Oh, basta! La gente no parará de decirme cosas por el estilo,
¿verdad? -Probablemente, pero que les jodan. Hay peores pecados en el
mundo que aprender a ser feliz de nuevo.
-Supongo que tienes razón -concedió Holly. -Prométeme que comerás-ordenó Sharon. -Lo prometo.
-Gracias por venir a verme, Sharon. De verdad que he disfrutado
con la charla -dijo Holly, abrazando agradecida a su amiga, que había
pedido el día libre en el trabajo para hacerle compañía-. Ya me siento
mucho mejor.
-Como ves, te conviene estar con gente, Hol. Los amigos y la familia podemos ayudarte. Bueno, en realidad, pensándolo dos veces,
quizá tu familia no pueda-bromeó Sharon-, pero al menos el resto de
nosotros sí.
-Sí, lo sé, ahora me doy cuenta. Es sólo que creía que sabría manejar la situación por mí misma, y está claro que no es así.
-Prométeme que irás a verme. O al menos que saldrás de casa de
vez en cuando.
-Prometido. -Holly puso los ojos en blanco-. Estás empezando a
parecerte a mi madre.
-Bueno, todos estamos pendientes de ti. En fin, hasta pronto -dijo
Sharon, y le dio un beso en la mejilla-. iY come! -insistió pinchándole
las costillas.
Holly se despidió de Sharon con la mano cuando el coche arrancó.
Era casi de noche. Habían pasado el día riendo y bromeando sobre los
viejos tiempos, luego llorando, para más tarde volver a reír y al cabo
llorar otra vez. La visita de Sharon también le sirvió para ver las cosas

de forma más objetiva. Holly ni siquiera había reparado que Sharon y
John habían perdido a su mejor amigo, que sus padres habían perdido
a su yerno y los de Gerry a su único hijo. Había estado demasiado ocupada pensando en sí misma. No obstante, le había sentado muy bien
volver a sentirse entre los vivos en lugar de andar alicaída entre los
fantasmas de su pasado. Mañana sería un nuevo día, estaba dispuesta a
iniciarlo yendo a recoger el sobre que le guardaba su madre.

CAPÍTULO 4
La mañana del viernes comenzó con buen pie, levantándose temprano. No obstante, aunque se había metido en la cama llena de optimismo y entusiasmada con las perspectivas que le aguardaban, el miedo
la asaltó de nuevo ante la cruda realidad de lo difícil que le resultaría
mantener la entereza a cada instante. Una vez más, despertó en una
cama vacía dentro de una casa silenciosa, si bien se produjo un pequeño
avance. Por primera vez desde hacía más de dos meses se había despertado sin la ayuda de una llamada telefónica. Amoldó su mente, tal como
hacía cada mañana, al hecho de que los sueños de Gerry y ella juntos
que habían vivido en su cabeza durante las últimas diez horas no eran
más que eso: sueños.
Se duchó y se vistió con ropa cómoda, echando mano de sus tejanos favoritos, zapatillas de deporte y una camiseta rosa claro. Sharon
tenía toda la razón en cuanto a lo del peso, pues los tejanos, que solían
irle ajustados, sólo se mantenían en su sitio con la ayuda de un cinturón.
Dedicó una mueca a su reflejo en el espejo. Estaba fea. Tenía ojeras, los
labios agrietados y el pelo hecho un desastre. Lo primero que debía
hacer era ir a su peluquería y rezar para que pudieran atenderla.
-¡Jesús, Holly! -exclamó Leo, su peluquero, al verla-. Pero ¿has visto cómo estás? ¡Por favor, abran paso! ¡Abran paso! ¡Llevo a una mujer
en estado crítico! -Le guiñó el ojo y comenzó a apartar gente de su camino. Luego le ofreció una silla y la obligó a sentarse.
-Gracias, Leo. Ahora sí que me siento atractiva -masculló Holly,
procurando ocultar el rubor de su rostro.
-Pues no deberías porque estás hecha cisco. Sandra, prepárame la
mezcla de costumbre; Colin, trae el papel de aluminio; Tania, necesito
mi bolsita mágica, que está arriba. ¡Ah, y dile a Paul que se vaya olvidando de almorzar porque cogerá a mi clienta de las doce!
Leo fue dando órdenes a diestro y siniestro sin dejar de agitar los
brazos desaforadamente, como si se dispusiera a efectuar una operación quirúrgica de urgencia. Y es que quizá fuera así.

-Oh, lo siento, Leo, no pretendía estropearte el día -se excusó
Holly.
-No me vengas con ésas, encanto. De no ser así, ¿por qué habrías
de presentarte aquí de repente un viernes a la hora del almuerzo sin
tener una cita concertada? ¿Para contribuir a la paz mundial?
Holly se mordió el labio con aire de culpabilidad.
-En fin, te aseguro que no lo haría por nadie más que por ti, cariño. -Gracias.
-¿Cómo lo llevas?
Leo apoyó su pequeño trasero en el mostrador de delante de
Holly. Tenía cincuenta años cumplidos y, no obstante, presentaba una
piel tan perfecta y, por descontado, el pelo tan bien cortado que nadie
le hubiese echado más de treinta y cinco. Sus cabellos de color miel realzaban la tersura de su tez, y siempre vestía de forma impecable. Su
mera presencia bastaba para que cualquier mujer se sintiera horrenda.
-Fatal -admitió Holly.
-Ya. Se te nota.
-Gracias.
-Bueno, al menos para cuando salgas de aquí habrás resuelto una
cosa. Yo me dedico al pelo, no al corazón.
Holly sonrió agradecida por su peculiar manera de demostrar que
la entendía.
-Pero por el amor de Dios, Holly, cuando has entrado por esa
puerta, ¿te has fijado en si ponía «mago» o «peluquero» en el rótulo de
la entrada? Tendrías que haber visto el aspecto que traía una mujer que
ha venido esta mañana. Una anciana vestida de jovencita. Le faltaba
poco para cumplir los sesenta, diría yo. Y va y me pasa una revista con
Jennifer Aniston en la portada. «Quiero tener este aspecto», me dice,
muy resuelta.
Holly rió con la imitación. Leo gesticulaba con la cara y las manos
al mismo tiempo.

-«¡Jesús!», le digo yo, «soy peluquero, no cirujano plástico. Lo único que se me ocurre para que tenga este aspecto es que recorte la foto y
se la grape a la cabeza».
-¡No! ¡Leo! ¡No le habrás dicho eso! La sorpresa dejó a Holly atónita.
-¡Pues claro que sí! Esa mujer necesitaba que alguien le abriera los
ojos. ¿Acaso no le he hecho un favor? Ha entrado pavoneándose como
una adolescente. ¡Era para verla!
-¿Y qué te ha contestado ella?
Holly lloraba de risa y se enjugó las lágrimas. Hacía meses que no
reía así. -He ido pasando las páginas de la revista hasta que he dado
con una foto maravillosa de Joan Collins. Le he dicho que esa imagen era
ideal para ella y me ha parecido que se quedaba bastante contenta con
eso.
-¡Leo, lo más probable es que estuviera demasiado aterrada para
decirte que la encontraba horrible!
-Bah, y qué más da. Amigas no me faltan.
-Pues no sé por qué será -bromeó Holly.
-No te muevas -ordenó Leo. De repente se había puesto muy serio
y apretaba los labios con gesto de concentración mientras separaba el
pelo de Holly preparándolo para aplicarle el tinte. Aquello bastó para
que ella volviera a desternillarse.
-Oh, vamos, Holly-dijo Leo, exasperado.
-No puedo evitarlo, Leo. ¡Tú has empezado y ahora no puedo parar! Leo dejó lo que estaba haciendo y la observó con aire divertido. Siempre he pensado que estabas como un cencerro. No sé por qué nadie
me escucha nunca.
Holly rió con más ganas aún.
-Oh, lo siento, Leo. No sé qué me pasa, pero no puedo dejar de
reír.
A Holly ya le dolía la barriga de tanto reír y era consciente de las
miradas curiosas que estaba atrayendo hacia sí, pero no podía hacer nada para evitarlo. Era como si todo lo que no había reído durante los
últimos dos meses le saliera de golpe.

Leo dejó de trabajar y volvió a situarse entre Holly y el espejo,
apoyándose en el mostrador para mirarla.
-No tienes por qué disculparte, Holly. Ríe todo lo que quieras, dicen que la risa es buena para el corazón.
-Oh, es que hacía siglos que no me reía así -contestó Holly con
una risilla nerviosa.
-Bueno, supongo que no has tenido mucho de lo que reírte -dijo
Leo, sonriendo con tristeza. Él también quería a Gerry. Cada vez que coincidían se burlaban el uno del otro, pero ambos sabían que bromeaban
y en el fondo se tenían mucho aprecio. Leo apartó tales pensamientos,
despeinó juguetonamente a Holly y le dio un beso en lo alto de la cabeza-. Pronto estarás bien, Holly Kennedy -le aseguró.
-Gracias, Leo -dijo Holly serenándose, conmovida por su preocupación. Leo reanudó el trabajo, adoptando de nuevo su divertida mueca
de concentración. Holly volvió a reír.
-Vale, ahora ríete, Holly, pero espera a que sin querer te deje la
cabeza a rayas. Ya veremos quién es el que ríe entonces.
-¿Cómo está Jamie? -preguntó Holly, deseosa de cambiar de tema
para no tener que avergonzarse de nuevo.
-Me abandonó -dijo Leo, pisando agresivamente la palanca elevadora del sillón. Holly comenzó a ascender mientras Leo la zarandeaba de
mala manera.
-Va ... ya, Le ... o, looo sien...to muuu...cho. Coooon la bueee...na
pareee...ja que hacííí...ais.
Leo dejó la palanca e hizo una pausa.
-Sí, bueno, pues ahora ya no hacemos tan bueee...na pareee...ja,
señorita. Me parece que sale con otro. Muy bien. Voy a ponerte dos tonos de rubio, uno dorado y el que llevabas antes. De lo contrario te
quedará de ese color tan ordinario que está reservado sólo para las
prostitutas.
-Oye, Leo, de verdad que lo siento. Si tiene dos dedos de frente se
dará cuenta de lo que se está perdiendo.

-Creo que no los tiene. Rompimos hace dos meses y todavía no se
ha dado cuenta. O quizá los tenga y esté encantado de la vida. Estoy
harto, no quiero saber nada más de ningún hombre. He decidido volverme hetero.
-Vamos, Leo. Eso es la estupidez más grande que he oído en mi
vida...
Holly salió del salón de belleza pletórica de alegría. Sin la presencia
de Gerry a su lado, algunos hombres la siguieron con la mirada, lo cual
le resultaba extraño e incómodo, de modo que apretó el paso hasta alcanzar la seguridad que le brindaba el coche y se preparó para la visita a
casa de sus padres. De momento la jornada iba bien. Había sido un
acierto ir a ver a Leo. A pesar de su desengaño amoroso se había esforzado por hacerla reír. Tomó buena nota de ello.
Echó el freno de mano frente a la casa de sus padres en Portmarnock y respiró hondo. Para gran sorpresa de su madre, Holly le había
llamado a primera hora de la mañana para acordar una cita con ella.
Ahora eran las tres y media, v Holly permanecía sentada en el coche
presa del nerviosismo. Aparte de las visitas que sus padres le habían
hecho a lo largo de los últimos dos meses, apenas había dedicado
tiempo a su familia. No quería ser el centro de atención, no quería
ser el blanco incesante de preguntas impertinentes sobre cómo se
sentía y qué planes tenía. No obstante, ya iba siendo hora de aparcar ese temor. Ellos eran su familia.
La casa de sus padres estaba situada en pleno paseo marítimo
ante la plava de Portmarnock, cuya bandera azul daba fe de su limpieza. Aparcó el coche y contempló el mar al otro lado del paseo.
Había vivido allí desde el día que nació hasta el día en que se mudó
para vivir con Gerry. Siempre le había encantado oír el rumor del
mar batiendo las rocas y los vehementes chillidos de las gaviotas al
despertar por las mañanas. Resultaba maravilloso tener la playa a
modo de jardín delantero, sobre todo durante el verano. Sharon
había vivido a la vuelta de la esquina, y en los días más calurosos
del año las niñas se aventuraban a cruzar el paseo luciendo sus mejores prendas veraniegas y aguzando la vista en busca de los muchachos más guapos. Holly y Sharon eran la antítesis una de otra.

Sharon tenía el pelo castaño, la piel clara y el pecho prominente.
Holly era rubia, de piel cetrina y más bien plana. Sharon era vocinglera, gritaba a los chicos para captar su atención. Por su parte,
Holly era más dada a guardar silencio y flirtear con la mirada, contemplando a su muchacho predilecto hasta que éste se daba por
aludido. Lo cierto era que ninguna de las dos había cambiado mucho
desde entonces.
No tenía intención de quedarse mucho tiempo, sólo el necesario para charlar un poco y recoger el sobre que había decidido que
quizá sí fuese de Gerry. Estaba cansada de fustigarse a sí misma
preguntándose sobre el posible contenido, de modo que había resuelto poner fin a ese silencioso tormento. Tomó aire, llamó al timbre y esbozó una sonrisa para causar buena impresión.
-¡Hola, cariño! ¡Entra, entra! -dijo su madre con aquella encantadora expresión de bienvenida que hacía que Holly tuviera ganas de
besarla cada vez que la veía.
-Hola, mamá. ¿Cómo va todo? -Holly entró en la casa y de inmediato sintió el reconfortante y familiar olor de su viejo hogar-.
¿Estás sola?
-Sí, tu padre ha salido con Declan a comprar pintura para su
habitación. -No me digas que tú y papá seguís pagando sus
gastos...
-Bueno, tu padre puede que sí, pero desde luego yo no. Ahora
trabaja por las noches, de modo que al menos tiene dinero para sus
gastos personales, aunque no contribuye con un solo penique en los
gastos de la casa.
Rió entre dientes y llevó a Holly hasta la cocina, donde puso agua
a calentar.
Declan era el hermano menor de Holly y el benjamín de la familia,
de modo que sus padres aún se sentían inclinados a mimarlo. Tendríais
que ver a su «niño»: Declan era un chaval de veintidós años que estudiaba producción cinematográfica y que siempre llevaba una cámara de
vídeo en la mano.
-¿Qué empleo tiene ahora?

Su madre puso los ojos en blanco.
-Se ha incorporado a un grupo de música. The Orgasmic Fish,
creo que se hacen llamar, o algo por el estilo. Estoy hasta la coronilla
de oírle hablar de eso, Holly. Como vuelva a contarme una vez más
quién ha acudido al último concierto y ha prometido ficharlos y lo famosos que van a ser, me volveré loca.
-Ay, pobre Deco. No te preocupes, tarde o temprano encontrará
algo.
-Ya lo sé, y es curioso, porque de todos vosotros, mis queridos
hijos, es el que menos me preocupa. Ya encontrará su camino.
Se llevaron los tazones al salón y se acomodaron frente al televisor. -Tienes muy buen aspecto, cariño, me encanta cómo llevas el pelo.
¿Crees que Leo se dignaría cortármelo a mí o ya soy demasiado vieja
para formar parte de su clientela?
-Bueno, mientras no le pidas que te haga un corte al estilo de
Jennifer Aniston, no creo que tenga inconveniente.
Holly le refirió la anécdota de la mujer en el salón de belleza y
ambas se echaron a reír.
-En fin, lo último que quiero es parecerme a Joan Collins, así que
me mantendré alejada de él.
-Quizá sea lo más sensato --convino Holly.
-¿Ha habido suerte en cuanto al trabajo? -preguntó su madre como de pasada, aunque Holly advirtió que se moría por saberlo.
-No, todavía no, mamá. A decir verdad, ni siquiera he comenzado
a buscar. No tengo claro qué quiero hacer.
-Haces bien, hija --opinó su madre, asintiendo con la cabeza-.
Tómate el tiempo que sea necesario para decidir qué te gustaría, de lo
contrario acabarás aceptando con prisas un empleo que odiarás, tal
como hiciste la última vez.

Holly se sorprendió al oír esto. Aunque su familia siempre la había
apoyado a lo largo de los años, se sintió abrumada y conmovida ante la
generosidad de su amor.
El último empleo que Holly había tenido había sido de secretaria de
un canalla implacable en un bufete de abogados. Se había visto obligada
a dejar el trabajo cuando el muy asqueroso fue incapaz de comprender
que necesitaba ausentarse del despacho para atender a su marido agonizante. Ahora tenía que buscar uno nuevo. Un trabajo nuevo, por supuesto. Por el momento le parecía inimaginable ir a trabajar por las mañanas.
Mientras se relajaban, Holly y su madre fueron desgranando una
larga conversación durante horas, hasta que por fin Holly se armó de
valor y preguntó por el sobre.
-Oh, por supuesto, cariño, lo había olvidado por completo. Confío
en que no sea nada importante, lleva aquí un montón de tiempo.
-No tardaré en averiguarlo.
Sentada en el montículo de hierba desde el que se dominaba la
playa dorada y el mar, Holly estuvo un rato toqueteando el sobre cerrado. Su madre no lo había descrito muy bien, pues en realidad no se trataba de un sobre sino de un grueso paquete marrón. La dirección figuraba mecanografiada en una etiqueta, por lo que era imposible saber
quién la había escrito. Y encima de la dirección había dos palabras escritas en negrita: LA LISTA.
Se le revolvió el estómago. Si no era de Gerry Holly finalmente debería aceptar el hecho de que se había ido, que había desaparecido de
su vida por completo, y tendría que comenzar a pensar en existir sin él.
Si era de él, se vería enfrentada al mismo futuro, pero al menos podría
agarrarse a un recuerdo reciente. Un recuerdo que tendría que durarle
toda una vida.
Con dedos temblorosos desgarró el precinto del paquete. Lo puso
boca abajo y lo sacudió para vaciarlo. Cayeron diez sobres diminutos, de
los que suelen encontrarse en un ramo de flores, cada cual con el nom-

bre de un mes escrito en el anverso. El corazón le dio un vuelco cuando
reconoció la letra que llenaba la hoja suelta que acompañaba a los sobres.
Era la letra de Gerry.

CAPÍTULO 5
Holly contuvo el aliento y, con los ojos bañados en lágrimas y el
corazón palpitante, leyó la carta manuscrita, sabiendo que la persona
que se había sentado a redactarla nunca podría volver a hacerlo. Acarició las palabras con la yema de los dedos, consciente que la última
persona que había tocado la hoja de papel era él.

Querida Holly:
No sé dónde estarás ni en qué momento exacto vas a leer esto.
Sólo espero que mi carta te haya encontrado sana y salva. No hace
mucho me susurraste que no podrías seguir adelante sola, y quiero
decirte que sí puedes, Holly.
Eres fuerte y valiente y podrás superar este trance. Hemos compartido algunos momentos preciosos y has hecho que mi vida... Has
sido mi vida. No tengo nada de lo que arrepentirme. Pero yo sólo soy
un capítulo de tu vida, y habrá muchos más. Conserva nuestros maravillosos recuerdos, pero, por favor, no tengas miedo de crear otros
distintos.
Gracias por hacerme el honor de ser mi esposa. Por todo, te quedo eternamente agradecido.
Quiero que sepas que siempre que me necesites estaré contigo.
Te querré siempre.
Tu marido y mejor amigo,
GERRY
Posdata: te prometí una lista, de modo que aquí la tienes. Los
sobres adjuntos deben abrirse exactamente cuando corresponda y
deben ser obedecidos. Y recuerda, te estaré vigilando, así que
sabré...
Holly se vino abajo, abatida por la tristeza. Sin embargo, al
mismo tiempo se sintió aliviada, pues en cierto modo Gerry seguiría a
su lado durante un poco más de tiempo. Fue pasando los pequeños
sobres blancos y ordenándolos por meses. Ahora se encontraba en el
de abril. Se había saltado el de marzo, v decidió abrirlo el primero.
Dentro había una tarjeta escrita con letra de Gerrv. Rezaba así:

¡Ahórrate los golpes y compra una lámpara para la mesita de
noche! Posdata: te amo...
¡El llanto se convirtió en risa al constatar que Gerry había vuelto!
Leyó y releyó la carta una y otra vez, como si intentara hacerle
regresar de nuevo a su vida. Finalmente, cuando las lágrimas ya no le
dejaron ver las palabras, contempló el mar. El mar siempre le había
resultado muy relajante, e incluso de niña corría a cruzar el paseo
hasta la playa cuando se disgustaba por lo que fuera y necesitaba
pensar. Sus padres sabían que si la echaban de menos en casa la encontrarían junto a la orilla del mar.
Cerró los ojos y se concentró, respirando al compás del suave
murmullo de las olas. Era como si el mar estuviera respirando hondo,
absorbiendo el agua al inhalar y devolviéndola a la arena al exhalar.
Por fin notó que las pulsaciones disminuían a medida que se serenaba. Pensó en cómo solía tenderse al lado de Gerry en sus últimos días
para escuchar el sonido de su respiración. Le aterrorizaba apartarse
de él para ir a abrir la puerta, prepararle algo de comida o ir al cuarto
de baño, por si decidía abandonarla justo en ese momento. Al regresar junto a la cama, se sentaba inmóvil guardando un aterrado silencio mientras aguzaba el oído, hasta que le oía respirar y observaba su
pecho para ver si se movía.
Pero él siempre se las arreglaba para seguir adelante. Su fuerza
y su determinación para seguir viviendo habían desconcertado a los
médicos; Gerry no estuvo dispuesto a dejarse vencer sin presentar
batalla. Conservó el buen humor hasta el final. Estaba muy débil y
hablaba en voz muy baja, pero Holly aprendió a descifrar su nuevo
lenguaje tal como lo hace una madre con los balbuceos de un hijo
que está empezando a aprender a hablar. Reían juntos hasta bien entrada la noche, y otras veces se abrazaban y lloraban. Holly aguantó
el tipo ante él en todo momento, pues su nuevo trabajo pasó a ser el de
estar a su lado siempre que la necesitara. Ahora comprendía que en realidad le había necesitado más que él a ella. Había necesitado que la ne-

cesitara para no tener la sensación de estar cruzada de brazos, absolutamente inútil.
El 2 de febrero, a las cuatro de la madrugada, Holly asió con fuerza
la mano de Gerry y le sonrió alentadoramente mientras éste exhalaba el
último suspiro y cerraba los ojos. No quiso que tuviera miedo, ni que
sintiera que ella estaba asustada, ya que en aquel momento no era así.
Más bien sentía alivio, alivio por ver que dejaba de sufrir y por haber estado allí con él para ser testigo de la paz de su defunción. Se sintió aliviada por haberle conocido, por haberle amado y haber sido amada por
él, y también porque la última cosa que Gerry vio en este mundo fue su
rostro sonriéndole, alentándolo y asegurándole que hacía bien en dejarse llevar.
Los días siguientes permanecían borrosos en su memoria. Había
estado ocupada con los preparativos del funeral, conociendo y recibiendo a parientes y viejos amigos del colegio a quienes no había visto desde hacía años. Si logró mostrarse tan firme y serena fue porque sentía
que por fin podía pensar con claridad. Estaba agradecida de que aquellos meses de sufrimiento hubiesen tocado a su fin. Ni siquiera se le
pasó por la cabeza sentir la rabia y la amargura que ahora sentía por la
vida que le habían arrebatado. Ese sentimiento no llegó hasta que fue a
recoger el certificado de defunción de su marido.
Y ese sentimiento hizo una entrada triunfal.
Mientras permanecía sentada en la atestada sala de espera del centro médico, se preguntó por qué motivo a Gerry le había tocado el turno
cuando aún le quedaba tanto por vivir. Ocupaba un asiento entre una
pareja de jóvenes y otra de ancianos. La imagen de lo que ella y Gerry
habían sido una vez y una visión del futuro que podrían haber tenido.
Todo le pareció de lo más injusto. Se vio aplastada entre los hombros de
su pasado y los de su futuro perdido, y se sintió asfixiada. Se dio cuenta
de que no le correspondía estar allí.
Ninguno de sus amigos debía estar allí. Ninguno de sus parientes
debía estar allí.

De hecho, la mayoría de la población del mundo no tenía que encontrarse en la posición en la que ella se encontraba ahora. No parecía
justo. Porque no era justo.
Tras presentar la prueba oficial de la defunción de su marido a directores de banco y compañías de seguros, como si el aspecto de su
rostro no fuese prueba suficiente, Holly regresó a casa y, alejándose del
resto del mundo, se encerró en su nido, que contenía cientos de recuerdos de la vida que antaño había tenido. La vida que tan feliz la había
hecho. ¿Por qué le habían dado otra, pero mucho peor que la anterior?
Habían pasado dos meses desde entonces y no había salido de la
casa hasta hoy. Menudo recibimiento le habían dispensado, pensó, mirando con una sonrisa los sobres. Gerry había regresado.
Apenas capaz de contener su excitación, Holly marcó furiosamente
el número de Sharon con mano temblorosa. Tras llamar a varios números equivocados, trató de serenarse y concentrarse en marcar el número
correcto.
-¡Sharon! -vociferó en cuanto descolgaron el auricular-. ¡No imaginas qué ha ocurrido! ¡Oh, Dios mío, no puedo creerlo!
-Oye, no... Soy John, pero te la paso ahora mismo.
Muy preocupado, John fue corriendo en busca de Sharon.
-¿Qué, qué, qué? --dijo Sharon, jadeando y casi sin aliento-. ¿Qué
ha ocurrido? ¿Estás bien?
-¡Sí, estoy la mar de bien!
Holly soltó una risilla histérica, sin saber si reír o llorar, de repente
olvidándose por completo de cómo construir una frase.
John observó a Sharon mientras ésta se sentaba a la mesa de la cocina y, con expresión confusa, procuraba sacar algo en claro de las divagaciones de Holly al otro lado de la línea. Era algo sobre la señora
Kennedy entregando a Holly un sobre marrón con una lámpara de mesita de noche dentro. Lo cierto es que resultaba harto preocupante.

-¡Basta! -exclamó Sharon, sobresaltando a Holly y a John-. No entiendo una palabra de lo que estás diciendo, así que hazme el favor-dijo
Sharon parsimoniosamente- de respirar hondo y volver a empezar desde
el principio, a ser posible empleando palabras coherentes.
De repente oyó unos débiles sollozos en el auricular.
-Oh, Sharon -musitó Holly con voz quebrada-, me ha escrito una
lista. Gerry me ha escrito una lista.
Sharon se quedó atónita en la silla mientras procesaba esta información. John vio que su esposa abría los ojos con asombro y cogió una
silla y se sentó a su lado, acercando la cabeza al teléfono para oír qué
estaba pasando.
-Muy bien, Holly, quiero que vengas aquí de inmediato pero conduciendo con suma prudencia. -Hizo otra pausa y apartó la cabeza de
John como si fuera una mosca, para poder concentrarse en lo que acababa de oír-, ¿Yeso son... buenas noticias?
John se levantó con aire ofendido y echó a caminar por la cocina,
tratando de adivinar de qué estaban hablando.
-Pues claro, Sharon -susurró Holly-. Claro que lo son. -Muy bien,
ven a verme y hablaremos.
-De acuerdo.
Sharon colgó el auricular y guardó silencio -¿Qué? ¿Qué pasa? inquirió John, incapaz de soportar que le dejaran al margen de lo que a
todas luces era un acontecimiento importante.
-Oh, perdona, amor. Holly viene hacia aquí. Creo que... dice que...
-¿Qué? ¡Por el amor de Dios!
-Dice que Gerryy le ha escrito una lista.
John la miró de hito en hito, escrutó su rostro y trató de decidir si
hablaba en serio. Los ojos azules de Sharon le devolvieron una mirada
de preocupación y comprendió que sí. Fue a sentarse a su lado y ambos

guardaron silencio con la vista fija en la pared, sumidos en sus pensamientos.

CAPÍTULO 6
¡Vaya!!!, fue todo cuanto Sharon y John pudieron decir mientras los tres estaban sentados a la mesa de la cocina, contemplando
en silencio el contenido del paquete que Holly había vaciado a modo de prueba. La conversación mantenida durante los últimos minutos había sido mínima, puesto que todos estaban tratando de
averiguar cómo se sentían. Fue algo así:
-Pero ¿cómo se las arreglaría para...?
-¿Y cómo no nos dimos cuenta de que...? Bueno... Dios.
-¿Cuándo creéis que...? En fin, supongo que pasó algunos ratos a solas... Holly y Sharon se limitaron a mirarse mientras John
balbuceaba y tartamudeaba, tratando de establecer cuándo, dónde
y cómo su amigo agonizante se las había arreglado para llevar a
cabo aquella idea a solas sin que nadie lo supiese.
-Vaya -repitió finalmente, tras llegar a la conclusión de que en
efecto Gerry lo había llevado a cabo a solas.
-Sí -convino Holly-. Entonces, ¿ninguno de vosotros dos tenía
la menor idea?
-Bueno, no sé cómo lo verás tú, Holly, pero para mí está bastante claro que John fue el cerebro que planeó y organizó todo esto
-dijo Sharon con sarcasmo.
-En fin, sea como fuere, cumplió con su palabra, ¿no? -dijo
John secamente, y miró a las chicas con una tierna sonrisa.
-No cabe duda -susurró Holly.
-¿Te encuentras bien, Holly? Quiero decir, ¿cómo te hace sentir
esta situación? Tiene que ser... extraño -dijo Sharon, obviamente preocupada. -Estoy bien --contestó Holly, meditabunda-. En realidad,
¡creo que es lo mejor que podría haber sucedido en este momento!
Aunque no deja de ser curioso que estemos tan asombrados si tenemos en cuenta lo mucho que hablamos sobre esta lista. Quiero decir
que debería haberlo esperado.
-En parte sí, pero lo cierto es que nunca contamos con que ninguno de nosotros llegara a hacerlo -dijo John.
-Pero ¿por qué no? -inquirió Holly-. Para empezar, éste era el
único sentido que tenía. Servir de apoyo a tus seres queridos cuando
uno de nosotros se hubiese ido.

-Me parece que Gerry fue el único que se lo tomó realmente en
serio -terció Sharon.
-Sharon, Gerry es el único que se ha ido, ¿quién sabe cómo se lo
habría tomado cualquier otro?
Se hizo el silencio.
-Bien, estudiemos esto con más detalle, si os parece-propuso
John, de repente disfrutando con el asunto-. ¿Cuántos sobres hay?
-Hay... diez -contó Sharon, sumándose al espíritu de la nueva tarea.
-De acuerdo, <y qué meses tenemos aquí? -preguntó John.
Holly fue ordenando el montón de sobres.
-Está el de marzo, que es el de la lámpara y que ya he abierto,
abril, mayo, junio, agosto, septiembre, octubre, noviembre y diciembre.
-Eso significa un mensaje para cada uno de los meses que quedan
hasta terminar el año --dijo Sharon lentamente con aire reflexivo.
Los tres estaban pensando en lo mismo: Gerry lo había planeado
sabiendo que no viviría más allá de febrero. Todos reflexionaron un
momento sobre aquello, hasta que finalmente Holly miró a sus amigos
radiante de felicidad. Fuera lo que fuese lo que Gerry hubiese preparado para ella, iba a ser interesante, y además ya había conseguido que
volviera a sentirse una mujer casi normal. Mientras reía y escuchaba a
John y Sharon especular acerca de lo que contendrían los demás sobres, fue como si él todavía estuviera con ellos.
-¡Un momento! -exclamó John muy serio. -¿Qué pasa? -preguntó
Holly.
Los ojos de John brillaron.
-Ahora estamos en abril y todavía no has abierto el sobre correspondiente.

-¡Oh, lo había olvidado! Oh, no, ¿tengo que hacerlo ahora?
-Adelante -la alentó Sharon.
Holly cogió el sobre y comenzó a abrirlo lentamente. Sólo quedaban ocho más por abrir después de aquél y quería atesorar cada instante antes de que se convirtiera en otro recuerdo. Sacó la tarjeta.

Una Disco Diva siempre tiene que ir guapa. Ve a comprarte un
conjunto, ¡pues el mes que viene vas a necesitarlo!
Posdata: te amo...
-¡Uau! -entonaron John y Sharon con entusiasmo-. ¡Se está poniendo enigmático!

CAPÍTULO 7
Holly estaba tendida en la cama como una demente, encendiendo y
apagando la lámpara sin dejar de sonreír. Había ido a comprarla con
Sharon a la tienda Bed Knobs and Broomsticks de Malahide, y finalmente
ambas se decidieron por aquel pie de madera bellamente tallada y la
pantalla color crema, pues combinaban con los tonos predominantes en
la decoración del dormitorio principal (por descontado, habían elegido la
más estrafalariamente cara, ya que habría sido una lástima romper con
la tradición). Y si bien Gerry no había estado materialmente presente
mientras la compraba, tenía la impresión de haberla comprado con él.
Había corrido las cortinas del dormitorio para probar la nueva adquisición. La lámpara de la mesita de noche surtía un efecto sedante en
la habitación, llenándola de calidez. Con qué facilidad habría puesto
punto final a las discusiones de todas las noches, aunque tal vez ninguno de los dos había querido que se acabaran. De hecho, se habían convertido en una rutina, algo consabido que les hacía sentir más unidos.
Ahora daría cualquier cosa con tal de tener una de aquellas pequeñas
disputas. Con sumo gusto saldría de la acogedora cama por él, con sumo gusto pisaría el frío entarimado del suelo y estaría encantada de
golpearse con la pata de la cama al regresar a tientas y a ciegas hasta el
lecho conyugal. Pero aquellos tiempos ya eran historia.La melodía de I
Will Survive de Gloria Gaynor la devolvió de improviso al presente al darse cuenta de que su teléfono móvil estaba sonando.
-¿Diga?
-Buenos días, hermana. ¡Estoy en caaaasa! -exclamó una voz conocida. -¡Dios mío, Ciara! ¡No sabía que ibas a venir!
-¡Bueno, la verdad es que yo tampoco, pero me quedé sin blanca y
decidí sorprenderos a todos!
-Vaya, apuesto a que mamá y papá se llevaron una buena sorpresa.
-Bueno, a papá se le cayó la toalla del susto cuando salió de la
ducha y me vio.
Holly se tapó la cara con la mano.

-¡Oh, Ciara, dime que no! -rogó Holly.
-¡Nada de abrazos para papi cuando le vi! -Ciara se echó a reír. ¡Puaj, puaj, puaj! Cambio de tema, estoy teniendo visiones -bromeó
Holly.
-De acuerdo. Verás, te llamaba para decirte que estoy en casa,
obviamente, y que mamá está organizando una cena esta noche para
celebrarlo.
-¿Celebrar qué?
-Que estoy viva.
-Ah, vale. Creí que quizá tenías que anunciarnos algo.
-Que estoy viva.
-Muy... bien. ¿Quién irá?
-La familia en pleno.
-¿Te he comentado que tengo hora con el dentista para que me
arranque todos los dientes? Lo siento, no podré asistir.
-Ya lo sé, ya lo sé, es lo mismo que le dije a mamá, pero no
hemos estado todos juntos desde hace siglos. A ver, dime, ¿cuándo fue
la última vez que viste a Richard y Meredith? -preguntó Ciara.
-Ah, el bueno de Díck. Le vi muy espabilado en el funeral. Tenía
un montón de cosas sensatas y reconfortantes que decirme, como
«¿Has considerado la posibilidad de donar su cerebro a la ciencia médica?». Sí, no cabe duda de que es un hermano fantástico -dijo Holly con
sarcasmo.
-Vaya, Holly, lo siento. Me había olvidado del funeral. -La voz de
su hermana cambió-. Lamento no haber asistido.
-Ciara, no seas tonta. Entre las dos decidimos que era mejor que
no viníeras -dijo Holly con firmeza-. Sale demasiado caro un vuelo de
ida y vuelta desde Australia, así que no lo mencionemos más, ¿de
acuerdo?
-De acuerdo -convino Ciara aliviada.
Holly cambió de tema enseguida.
-Veamos, cuando dices la familia en pleno, ¿te refieres a...?
-Sí, Richard y Meredith traerán a nuestros adorables sobrinos. Y te
gustará saber que Jack y Abbey también estarán presentes. Declan lo estará el cuerpo aunque probablemente no en alma. Mamá, papá y yo, por
supuesto y también tú.

Holly refunfuñó. Por más que se quejara de su familia, mantenía
una magnífica relación con su hermano Jack. Sólo era dos años mayor
que ella y siempre habían estado muy unidos; además, Jack tenía una
actitud muy protectora para con Holly. Su madre solía llamarlos «los dos
geníecillos» porque siempre andaban haciendo diabluras por la casa
(diabluras que por lo general tenían como blanco a su hermano mayor,
Richard). Jack se parecía a Holly tanto en aspecto como en personalidad,
y ella lo consideraba el más normal de sus hermanos. También contribuía a su buena relación el hecho de que Holly se llevara de maravilla
con la que era su cónyuge desde hacía siete años, Abbey, y cuando Gerry vivía, con frecuencia salían los cuatro a cenar y de copas. Cuando
Gerry vivía... Dios, qué mal sonaba aquello.
Ciara era harina de otro costal, un caso totalmente aparte. Jack y
Holly estaban convencidos de que provenía del planeta Ciara, población:
Ciara se parecía a su padre: piernas largas y pelo oscuro. También lucía
varios tatuajes y piercings en el cuerpo como resultado de sus viajes alrededor del mundo. Un tatuaje por cada país, solía bromear su padre.
Un tatuaje por cada hombre, pensaban Holly y Jack.
Por supuesto, este asunto estaba muy mal visto por el mayor de la
familia, Richard (o Dick, como le llamaban Holly y Jack). Richard nació
con la grave enfermedad de ser eternamente viejo. Toda su vida giraba
en torno a reglas, normas y obediencias. De pequeño tuvo un amigo con
el que se peleó a los diez años y, después de esa riña, Holly no recordaba que hubiese vuelto a llevar a nadie a casa, que hubiese tenido novias
ni ninguna otra cíase de trato social. Ella y Jack se preguntaban maravillados dónde habría conocido a su igualmente sombría esposa, Meredith. Probablemente en una convención antifelicidad.
No era que Holly tuviese la peor familia del mundo, sino que constituían una mezcla muy extraña de personas. Aquellos tremendos choques entre personalidades solían desembocar en peleas que estallaban
en las ocasiones menos apropiadas o, como los padres de Holly preferían llamarlas, en «acaloradas discusiones». Podían llevarse bien, pero
sólo cuando todos ellos se esforzaban de veras en mostrar el mejor
comportamiento posible.

Holly y Jack solían reunirse para almorzar o tomar unas copas con
la única finalidad de mantenerse al corriente de sus respectivas vidas; se
interesaban el uno por la otra. Ella disfrutaba con su compañía y le consideraba no sólo un hermano, sino un verdadero amigo. Últimamente no
se habían visto mucho. No obstante, Jack conocía bien a Holly y sabía
cuándo necesitaba que respetaran su espacio vital.
Las únicas ocasiones en que se ponía más o menos al día de la vida
de su hermano menor, Declan, era cuando llamaba a casa para hablar
con sus padres V él contestaba el teléfono. Declan no era un gran conversador. Era un «niño» de veintidós años que todavía no terminaba de
sentirse a gusto en compañía de adultos, así que en realidad Holly nunca acababa de saber gran cosa acerca de él. Era un buen muchacho, sólo
que solía tener la cabeza en las nubes.
Ciara, su hermana menor de veinticuatro años, llevaba fuera un año
entero y Holly la había echado de menos. Nunca fueron la clase de hermanas que intercambian ropa y cotillean sobre los chicos, pues sus gustos diferían bastante. Ahora bien, al ser las dos únicas chicas en una familia de hermanos, se había creado un vínculo entre ellas. Aun así, Ciara
estaba más unida a Declan, pues ambos eran unos soñadores. Jack y
Holly siempre habían sido inseparables de niños y amigos de adultos.
Eso dejaba a Richard desparejado. Era el único que iba por su cuenta,
aunque Holly sospechaba que a su hermano mavor le gustaba esa sensación de estar separado del resto de una familia a la que no acababa de
comprender. A Holly le daban pavor sus sermones sobre toda clase de
cosas aburridas, su falta de tacto cuando la interrogaba acerca de su vida y la frustración que causarían sus comentarios durante la cena. Pero
se trataba de una cena de bienvenida para Ciara y Jack estaría presente.
Holly podía contar con él.
Así pues, ¿le apetecía la velada ? Decididamente no.
Holly llamó con renuencia a la puerta del hogar familiar y de inmediato oyó las pisadas de unos piececitos que corrían hacia la entrada seguidos por una voz que no parecía pertenecer a un niño.

-¡Mami! ¡Papi! ¡Es tía Holly, es tía Holly!
Era su sobrino Timothy, cuya felicidad se vio aplastada de golpe
por una voz severa. Sin duda era inusual que el pequeño se alegrase por
su llegada, pero el ambiente debía de ser de lo más aburrido allí dentro.
-¡Timothy! ¿Qué te he dicho sobre lo de correr por la casa? Podrías
caerte y hacerte daño. Ahora ve al rincón y piensa en lo que te he dicho.
¿He hablado claro?
-Sí, mami.
-Oh, vamos, Meredith, ¿crees que se hará daño con la alfombra o
la tapicería acolchada del sofá?
Holly rió para sus adentros, no había duda de que Ciara estaba en
casa. Justo cuando Holly comenzaba a pensar en huir, Meredith abrió la
puerta de par en par. Parecía más avinagrada y antipática que de costumbre.
-Holly.
La saludó con una breve inclinación de la cabeza.
-Meredith -la imitó Holly.
Una vez en la sala de estar, Holly buscó a Jack con la mirada, pero
comprobó desilusionada que su hermano preferido no estaba presente.
Richard se hallaba de pie delante de la chimenea vestido con un suéter
de colores sorprendentemente vistosos, quizás iba a soltarse el pelo
esa noche. Con las manos en los bolsillos, se balanceaba atrás y adelante, de los talones a la punta de los pies, como un hombre dispuesto
a soltar una conferencia. La conferencia iba dirigida a su pobre padre,
Frank, que estaba sentado incómodamente en su sillón predilecto y parecía un escolar recibiendo una reprimenda. Richard estaba tan concentrado en su relato que no vio entrar a Holly. Ésta le mandó un beso
a su pobre padre a través de la sala, para no verse envuelta en la conversación. El hombre le sonrió e hizo ademán de atrapar el beso al vuelo.

Declan estaba repantingado en el sofá con sus tejanos raídos y
una camiseta de South Park, dando furiosas caladas a un cigarrillo
mientras Meredith invadía su espacio vital y le advertía sobre los peligros de fumar.
-¿De verdad? No lo sabía -dijo Declan, mostrando preocupación e
interés mientras apagaba el cigarrillo. El rostro de Meredith irradió satisfacción, hasta que Declan le guiñó el ojo a Holly, alcanzó la cajetilla y
acto seguido encendió otro pitillo-. Cuéntame más, por favor, me muero por saberlo todo.
Meredith le miró indignada.
Ciara estaba escondida detrás del sofá arrojando palomitas de
maíz al cogote del pobre Timothy, que permanecía de pie de cara a la
pared en un rincón y tenía demasiado miedo como para volverse. Abbey estaba inmovilizada contra el suelo, sometida a las despóticas
órdenes de Emily, la sobrinita de cinco años, una muñeca de expresión
malvada. Hizo señas a Holly y movió los labios en silencio, articulando
la palabra «socorro».
-Hola, Ciara. -Holly se acercó a su hermana, que se puso de pie
de un salto y le dio un gran abrazo, estrechándola con un poco más de
fuerza de la habitual-. Bonito pelo.
-¿Te gusta?
-Sí, el rosa te sienta como anillo al dedo. Ciara se mostró complacida.
-Eso es lo que he intentado decirles -aseguró, entornando los
ojos para mirar a Richard y Meredith-. Eh, ¿cómo está mi hermana mayor? -preguntó Ciara en voz baja, frotando el brazo de Holly afectuosamente.
-Bueno, ya puedes imaginarlo. -Holly esbozó una sonrisa-. Voy
tirando.
-Jack está en la cocina ayudando a tu madre a preparar la cena, si
es que le estás buscando, Holly -anunció Abbey, abriendo desorbitadamente los ojos y pidiendo de nuevo «socorro» en silencio.
Holly miró a Abbey y arqueó las cejas.

-¿De verdad? Vaya, ¿no es estupendo que le esté echando una
mano a mamá?
-Vamos, Holly, no me digas que no sabes lo mucho que le gusta a
Jack cocinar. Le encanta, es algo de lo que nunca se cansa --dijo Abbey
con sarcasmo.
El padre de Holly rió entre dientes, lo cual interrumpió a Richard. ¿Qué te hace tanta gracia, padre?
Frank se movió nerviosamente en el asiento.
-Me parece sorprendente que todo eso ocurra dentro de uno de
esos tubitos de ensayo -dijo Frank con fingido interés.
Richard exhaló un suspiro de desaprobación ante la estupidez de
su padre. -Sí, claro, pero debes comprender que te hablo de cosas
minúsculas, padre. Resulta bastante fascinante. Los organismos se
combinan con... -Y siguió con la perorata mientras su padre volvía a
arrellanarse en el sillón, esforzándose por no mirar a Holly.
Holly entró de puntillas en la cocina, donde encontró a su hermano sentado a la mesa con los pies apoyados en una silla, masticando
algo.
-¡Ajá, ahí está, el gran chef en carne y hueso! -exclamó Holly. Jack
sonrió y se levantó de la silla.
-Y aquí llega mi hermana favorita. -Arrugó la nariz-. Veo que a ti
también te han enredado para asistir al evento. -Se acercó a ella y tendió los brazos para darle uno de sus grandes abrazos de oso-. ¿Cómo
estás? -le preguntó al oído.
-Muy bien, gracias. -Holly sonrió con tristeza y le besó en la mejilla antes de volverse hacia su madre-. Querida madre, he venido a
ofrecerte mis servicios en este momento tan extremadamente estresante de tu vida -dijo Holly, depositando un beso en la mejilla colorada
de su madre.

-Vaya, ¿no soy la mujer más afortunada del mundo al tener unos
hijos tan bien dispuestos como vosotros dos? -preguntó Elizabeth con
sarcasmo--, Bueno, ya puedes ir escurriendo esas patatas que hay ahí.
-Mamá, háblanos de cuando eras una niña durante la hambruna y
no había ni patatas para comer --dijo Jack, con exagerado acento irlandés. Elizabeth le golpeó juguetonamente la cabeza con un trapo.
-Oye, eso pasó muchos años antes de mi época, hijo.
-Pero ¿serás coqueta?
-Pero ¿serás grosero? -intervino Holly.
-¿Queréis dejar de marearme? -pidió su madre, y se echó a reír.
Holly se reunió con su hermano en la mesa.
-Espero que no os dé por tramar ninguna diablura esta noche. Me
gustaría que, para variar, hoy nuestra casa fuese zona neutral.
-Mamá, me asombra que te haya pasado esa idea por la cabeza contestó Jack, guiñándole el ojo a Holly.
-Perfecto -dijo la mujer con escepticismo-. Bueno, lo siento, chicos, pero aquí ya no hay nada más que hacer. La cena estará lista dentro de un momento.
-Vaya -se lamentó Holly.
Elizabeth se sentó con sus hijos a la mesa y los tres miraron hacia
la puerta, pensando exactamente lo mismo.
-¡No, Abbey! -protestó Emily, gritando-. No estás haciendo lo que
te he dicho. -Y rompió a llorar.
Acto seguido se oyó una gran carcajada de Richard. Sin duda acababa de contar un chiste, ya que era el único que se reía.
-Aunque supongo que no estará de más que nos quedemos aquí a
vigilar el punto de cocción -agregó Elizabeth.
-Todo el mundo a la mesa. La cena ya está lista -anunció Elizabeth, y todos se dirigieron al comedor.
Se produjo un momento un tanto incómodo, como cuando en una
fiesta de cumpleaños infantil todos se apresuran a sentarse al lado de
sus mejores amigos. Finalmente, Holly se dio por satisfecha con su sitio
en la mesa y se sentó con su madre a la izquierda, en una cabecera de

la mesa, y Jack a su derecha. Abbey se sentó con cara de pocos amigos
entre Jack y Richard. Jack tendría que hacer las paces con ella cuando
regresaran a casa. Declan se situó delante de Holly, y a su lado quedó
el asiento vacío donde debería haber estado Thimothy luego Emily y
Meredith, y por último Ciara. Por desgracia, al padre de Holly le
tocó ocupar la otra cabecera de la mesa, entre Richard y Ciara,
aunque teniendo en cuenta su talante sosegado era el mejor preparado para mediar entre ellos.
Todos soltaron exclamaciones de entusiasmo cuando Elizabeth
llevó las bandejas de comida y los aromas llenaron la estancia. A
Holly le encantaban la, habilidades culinarias de su madre, quien
siempre se atrevía a experimentar con nuevos sabores y recetas,
rasgo que no había heredado ninguna de sus hijas.
-Eh, el pobre Timmy se estará muriendo de hambre en ese
rincón -di jo Ciara a Richard-. Supongo que con el rato que lleva ahí
ya habrá cumplido su condena.
Sabía de sobra que pisaba terreno resbaladizo, pero le encantaba correr ese peligro y, además, disfrutaba como una loca incordiando a Richard. Al fin Y al cabo, tenía que recuperar el tiempo
perdido, pues había estado un año fuera.
-Ciara, es muy importante que Timothy sepa cuándo ha hecho
algo malo-explicó Richard.
-Sí, ya, pero ¿no bastaría con que se lo dijeras?
El resto de la familia tuvo que hacer un gran esfuerzo para no
echarse a reír.
-Es preciso que sepa que sus actos le acarrearán graves consecuencias para que no los repita-insistió Richard.
-Ah, bueno -dijo Ciara, alzando la voz-. Pero se está perdiendo toda esta comida tan rica. Mmmm... -agregó, relamiéndose.
-Basta, Ciara -la interrumpió bruscamente Elizabeth.
-O tendrás que ponerte de cara a la pared -concluyó Jack con
impostada severidad.

La mesa en pleno estalló en carcajadas, con la excepción de
Richard y Meredith, por supuesto.
-A ver, Ciara, cuéntanos tus aventuras en Australia -se apresuró a sugerir Frank.
-Oh, ha sido alucinante, papá-dijo Ciara con un brillo intenso
en la mirada-. No dudaría en recomendar a cualquiera un viaje a
ese país. -No obstante, el vuelo es espantosamente largo -intervino
Richard.
-Sí que lo es, pero merece la pena con creces -replicó Ciara.
-¿Te has hecho más tatuajes? -preguntó Holly.
-Sí, mira. -Ciara se levantó de la mesa y se bajó los pantalones, mostrando la mariposa que llevaba en el trasero.
Su madre, su padre, Richard y Meredith protestaron indignados mientras los demás no podían parar de reír. La situación se prolongó un buen rato. Finalmente, cuando Clara se hubo disculpado y
Meredith dejó de tapar los ojos de Emily con una mano, la mesa recobró la calma.
-Esas cosas son repugnantes -opinó Richard con acritud.
-A mí las mariposas me parecen bonitas, papá -dijo Emily con
inocencia.
-Sí, algunas mariposas son bonitas, Emily, pero me estoy refiriendo a los tatuajes. Pueden causarte toda clase de enfermedades y problemas.
La sonrisa de Emily se desvaneció.
-Oye, no me hice esto precisamente en un antro inmundo compartiendo agujas con traficantes de drogas, ¿sabes? Era un sitio perfectamente limpio -se excusó Ciara.
-Vaya, si eso no es un oxímoron es que nunca he oído uno -soltó
Mered¡th.
-¿Has estado en alguno últimamente, Meredith? -preguntó Clara
con una contundencia un tanto excesiva.
-Bueno, yo... no -farfulló su cuñada-. No, nunca he estado en un
sitio de ésos, gracias, pero estoy segura de que son así. -Se volvió

hacia Emily-. Son lugares sucios y horribles, Emily, a los que sólo va
gente peligrosa.
-¿Tía Ciara es peligrosa, mamá?
-Sólo para las niñitas pelirrojas de cinco años -dijo Clara, masticando a dos carrillos.
Emily se quedó perpleja.
-Richard, cariño, ¿crees que Timmy quizá querría venir a comer
algo ahora? -preguntó educadamente Elizabeth.
-Se llama Timothy -puntualizó Meredith.
-Sí, madre, creo que estaría bien que viniera -dijo Richard.
Muy disgustado, Timothy entró lentamente en el comedor con la
cabeza gacha y, en silencio, ocupó su sitio al lado de Declan. El corazón de Holly saltó en defensa de su sobrino. Qué crueldad tratar así a
un niño, qué crueldad impedirle ser un niño... De pronto sus compasivos pensamientos se esfumaron al notar que el pequeño le arreaba una
patada en la espinilla por debajo de la mesa. Deberían haberlo dejado
un rato más de cara a la pared.
-Vamos, Ciara, cuéntanos más. ¿Hiciste alguna maravillosa locura
de las tuyas? ¿Alguna aventura? -quiso saber Holly.
-¡Pues claro! Lo más impresionante fue mi salto de puenting. Bueno, en realidad hice unos cuantos. Tengo una foto. Se llevó la mano al
bolsillo trasero y todos apartaron la vista por si tenía intención de mostrarles más partes de su anatomía. Afortunadamente, se lintitó a sacar
la cartera. Hizo circular la foto por la mesa y siguió hablando. -El primero que hice fue desde un viaducto encima de un río y llegué a tocar
el agua con la cabeza al caer...
-Oh, Ciara, eso parece muy peligroso -dijo su madre, tapándose
la cara con las manos.
-Qué va, no tuvo nada de peligroso -la tranquilizó Ciara.
Cuando la fotografía llegó a Holly, ésta y Jack se echaron a reír.
Ciara colgaba boca abajo de una cuerda, el rostro contraído en pleno
grito de puro terror. El pelo (que entonces llevaba teñido de azul) le
salía disparado en todas direcciones, como si la hubiesen electrocutado.


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